Testimonio

Queridos hermanos en Dios, nuestro salvador

Hace mucho tiempo atrás, me dirigí a Uds. Me parece que fue en el año 96. Yo estoy desde noviembre, pensando en escribir, se lo debo a mi conciencia que no me deja tranquilo, porque no les he hecho llegar carta, y el tiempo se me va entre los dedos.

En el mes de diciembre, estuvimos muy ocupados, porque el pequeño grupo de oración carismático, al que yo pertenezco, trajo de visita a dos sacerdotes de España, Padres J. M. Tejerina y A. Sanz.

Espero que este milenio los llene de la alegría y fe de nuestro Señor Jesús.

Voy a resumir, en el año 96; les mandé un testimonio de una sanación mía, y que yo buscaba, era la de mi hija, que ella viviera. Tengo grabado muy dentro de mí las palabras del padre Emiliano Tardif, aquel verano del 96. "Habrá sanaciones de niños, pero pasará mucho tiempo, sólo los médicos podrán comprobar". El lunes 3 de enero del 2000 tuvo control médico, por segundo año, me dicen, el tumor que tenía mi hija ha desaparecido. ¡Gloria, a ti Señor Jesús!.

Yo les envío una copia, del primer testimonio mío, y una del segundo; si quieren llamarlo la continuación del primero.

Bueno, hoy es sábado, espero que con esto, les pueda ayudar con este testimonio, les pueda  confirmar, lo que Uds. Saben de antes, el Señor, está con nosotros, cuando le pedimos con fuerza. El es nuestro Padre, y como buen padre nos dejó muchas reglas para protegernos, como todo padre que quiere a sus hijos, les pone reglas no para molestarlos, sino para su bien. El quiere, que lo amemos, que no esperemos el día de mañana para acercarnos a El.

Un gran saludo a la hermana Dolores, que me imagino seguirá con Uds. Y les deseo un Feliz comienzo de milenio, en compañía de Nuestro Señor Jesucristo en la entrada del año 2000.

Les saluda Atte.

Jaime Misle E.

Oslo

 "Cree con fuerza, Yo estoy aquí"

En la revista Nuevo Pentecostés Nº 47, noviembre-diciembre 96, leyeron Uds. Aquel testimonio: Anda, no tengas miedo".

Era mi testimonio. Me llamo Jaime Misle, y vivo en Noruega. En el 96 viajé a Madrid, a la asamblea de ese año, junto con unas hermanas de nuestro pequeño grupo carismático Lumen, desde aquí Oslo.

Les conté de mi sanación, pero no la de mi hija, que era el verdadero motivo de mi viaje. Ella tenía un tumor canceroso, en el parietal derecho, en medio del centro motor. Cada operación era un riesgo muy grande. En el año 93, ya tuvo una segunda operación, donde me obligaron a firmar los papeles para aceptar la intervención, debido a que mi mujer –a causa de la enfermedad de mi hija- no pudo con su dolor y se trastornó. Hoy está sana. En aquella ocasión, fui llamado al hospital. Yo le di a entender al médico que, como el riesgo era muy grande y no tenía ninguna garantía, tal vez era mejor dejar a mi hija así, y que el Señor, se apiadara pronto de ella. Pero el médico me dijo, que en Noruega, cuando se trata de un ser tan joven hay una protección al niño, y me obligaron a operarla.

Llegó el año 96, mi hija tenía ataques epilépticos a causa de lo mismo; en febrero del 97, teníamos control médico, y estaba muy bien. El día 28 fuimos al hospital y días después, me llamaron para decirme: tenemos que operar de nuevo y rápido.

Me quede perplejo. La verdad es que no alcancé a reaccionar. Me encomendé a Dios y en la oración de la noche junto a la cama de mi hijita pedí: "hágase tu voluntad Señor".

Mi mujer hacía 3 meses había terminado una estancia en el hospital de casi 5 meses. Esto me ayudó y pude irme al hospital. Así mi hijo mayor Magnus, entonces de 13 años, se quedó con su madre en casa.

El 6 de marzo de 1997 se llevaron a mi hija a la sala de operación a las 7 de la mañana y la trajeron cerca de la 1 de la tarde. Yo, entre tanto rezaba y trataba de tranquilizarme, pero mi oración no tenía fuerza, pero estaba muy tranquilo. Más tarde me llamaron. Cuando vi una doctora que yo no conocía me puse en alerta. Ella me dijo: soy la segunda neurocirujano, porque tuvimos que ser dos en la operación. Fue mucho más de lo que se esperaba, el tumor se había vuelto agresivo y comenzaba a penetrar hacia el interior. Yo escuchaba todo esto y en mi interior rogaba, "hágase tu voluntad Señor". Y me consolaba repitiendo: El Señor está conmigo, nada me puede pasar".

La doctora me dio un montón de explicaciones, finalmente pude visitar a mi hija. Fui con el cirujano, que la operó. Después de examinarla, manifestó que es muy probable que quede inválida para el resto de su vida. Cuando despertó mi hijita la controlaron. Veía y hablaba, pero había perdido todo el lado izquierdo. Cuando salimos de la sala de intensivos nos dieron una habitación en el pabellón de recuperación. Mi hija tenía 8 años y a pesar de su invalidez era una chica muy activa.

No se quejó en ningún momento. Tampoco me dio ningún problema. El hospital le entregó su propia silla de ruedas, vinieron para ver en que forma la niña iba a vivir. Hicieron nuevas pruebas y me comunicaron: tenemos que tratar a la niña con quimioterapia más radiación, porque aún queda resto del tumor, y esto va a ser más duro que la operación, síquicamente y físicamente.

Me prepararon para todo lo que nos esperaba, y tenía yo un miedo terrible, porque en ese pabellón, había otros niños, que eran o habían sido tratados. Yo me aferraba con fuerza: El Señor está conmigo nada me puede pasar.

Días después me informaron, que habían consultado con expertos de cáncer, en Inglaterra y sólo iban a usar radiaciones. Comenzó el tratamiento, vinieron a mi apartamento y se decidió que montaban un ascensor pequeño, donde la niña subiera con su silla, porque desde el ascensor principal hay 10 peldaños a la entrada de nuestro departamento.

Cada terapia duraba 45 minutos, y yo oraba, pero sentía como mi oración no tenía fuerzas. Seguimos el tratamiento y mi hijita no acusó ninguno de los síntomas que creía poder tener. Un día vino la asistente que recogía a mi hija, cuando yo tenía que descansar dos veces al mes. Había estado junto a mi hija desde la primera operación.

Era un día muy bonito y hacía unos diez grados de calor. Ayudé a subir a mi hija en el coche de la asistente que se la llevaba por todo el fin de semana. Ella trabaja junto con otras enfermeras solamente con niños en estado grave, para que la familia tenga algún descanso.

Yo me fui a casa para ver a mi hijo mayor y ver cómo marchaba todo. Llamó la asistente, para contarme que mi hija Stephanie se había levantado de la silla rueda y había subido tres peldaños que hay en la entrada de la casa. Gloria a ti, Señor.

Poco a poco, mi hija dejó la silla de ruedas. Iba caminando ella por su propio pie al tratamiento de radioterapia. El día 26 de julio de 1997, salimos del hospital para la casa. En mí, nació de nuevo la pregunta: ¿Por qué recibí, yo una sanación de un disco roto en la columna vertebral y de un día para otro? ¿Por qué no se sanó mi hijita cuando lo suyo era tan terrible?. Edelmira, una hermana del grupo de oración, me decía: es la cruz del Señor, tienes que saber llevarla. La verdad es que la fe me flaqueaba, pero aquella tarde de otoño, la hermanita Ingrid (religiosa) recibió una palabra del grupo carismático: "Cree con fuerza, yo estoy aquí" Eramos unas doce personas, algunos se volvieron hacia mí. Al finalizar, la monjita. Se acercó y me dijo: Jaime, creo que esa palabra era para ti. ©