ALIMENTACIÓN Y SALUD

Hace más de 50 años, un hombre tan sabio como el Mahatma Gandhi afirmaba en la India que “no vivimos para dar alimento y cobijo al cuerpo, sino que damos alimento y cobijo al cuerpo para poder vivir”. En estas pocas palabras quedaban condensada su relación con la comida y con la vida. ¿Cuál es la nuestra?. El objetivo de este pequeño artículo estaría cumplido sí pudiera ayudar a alguno de los lectores a reflexionar sobre nuestros hábitos alimenticios.

En una sociedad como la nuestra el problema más común no es la falta sino la abundancia de los productos de consumo. Nos inundan los anuncios, más o menos verdaderos, sobre multitud de curas rápidas y maravillosas que nos ayudarán a perder esos kilos que nos sobran. Los especialistas de salud, por su parte, nos bombardean sobre la conveniencia de la comida sana,  de evitar el estigmatizado colesterol (sin el que, por otro lado, no podríamos vivir) y aumentar la ingesta de omega tres (¿quién sabe lo que será?).

Mientras tanto, los anuncios de McDonalds y semejantes nos muestran cada día hamburguesas y helados más apetitosos. ¿Qué hacer?.

Los seres vivos necesitamos alimentarnos. Los alimentos nos permiten crecer y reponer las sustancias que gastamos al realizar las actividades vitales. También necesitamos alimentos para mantener el calor del cuerpo.

La alimentación varía con la edad y el tipo de actividad que realizamos: los niños, los jóvenes, los adultos y las personas mayores tienen distintas necesidades, por eso necesitan tomar distinto tipo y distinta cantidad de alimentos. Hagamos un ligerísimo y necesariamente superficial, por la longitud de este artículo, repaso sobre dietética:

Los alimentos suelen ser mezclas de muchas sustancias. Unas, de origen mineral, son las sustancias inorgánicas, es decir, que no proceden de seres vivos, por ejemplo, el agua, la sal y el calcio. Otras, tanto de origen animal como vegetal, son las sustancias orgánicas, es decir, que proceden de los seres vivos. Las principales sustancias orgánicas de los alimentos son los hidratos de carbono, los lípidos, las proteínas y las vitaminas. Estas cuatro sustancias son imprescindibles para la vida y se encuentran en distintas cantidades en los diferentes alimentos.

Los hidratos de carbono se encuentran en gran cantidad en los alimentos azucarados, en las fibras de los vegetales y en las harinas. Hay hidratos de carbono en el azúcar, en los bollos, en el pan, en las verduras y en las pastas. Su función esencial es la energética, ya que el 50-60% de la energía total de la alimentación debe ser suministrada por los glúcidos.

La fibra vegetal es la parte no digerible ni absorbible de muchos alimentos de origen vegetal.  La fibra vegetal ejerce su acción en la luz intestinal, donde realiza sus funciones:

-Aumenta el volumen de las heces tanto por su presencia como por su capacidad de retener agua. Por esta razón es útil para combatir el estreñimiento.

-Ciertas sustancias pueden quedar retenidas entre las mallas de la fibra vegetal, en el interior del intestino. Esto puede ocurrir por ejemplo con el calcio, el magnesio, el zinc o el hierro, expulsándose parte de los mismos con las heces en lugar de absorberse. Por eso se deben tomar en ayunas las tabletas de hierro, por ejemplo.

La fibra se encuentra en la cubierta de los cereales y de las legumbres, así como en las verduras y frutas. La pobre ingesta de fibra en la sociedad actual tiene algo que ver con enfermedades como el estreñimiento, las hemorroides o las diverticulosis de colon. Por tanto, se recomienda tomar alimentos ricos en fibra como parte de una dieta equilibrada.

Los lípidos se encuentran, sobre todo, en las grasas y en los aceites. Hay grasas en la mantequilla, en las aceitunas, en las semillas de girasol y en los cacahuetes. Por ello se sacan de ellos los aceites que empleamos para cocinar. Los lípidos nos proporcionan energía. Además pueden almacenarse como reserva en nuestro organismo y así nos protegen del frío. Estas reservas se localizan sobre todo debajo de la piel. Algunas grasas como el colesterol son precursoras de hormonas, de vitaminas, etc. Por ello son totalmente necesarias. Las grasas deben aportar alrededor del 35% del total energético de una dieta equilibrada. Para la prevención de la cardiopatía isquémica (anginas de pecho, infartos) se recomienda disminuir este tanto por ciento hasta el 30% o menos. La grasa tomada en cantidades superiores a las necesidades energéticas y desequilibrada en favor de la de origen animal tiene tres efectos indeseables:  obesidad, aumento del colesterol y aumento de los ácidos grasos saturados, todo lo cual aumenta el riesgo de enfermedades cardiocirculatorias. Las proteínas se encuentran fundamentalmente en las carnes, el pescado, los huevos, la leche y las legumbres. Las proteínas sirven para formar todas las partes de nuestro cuerpo: la piel, los músculos, el esqueleto, etc.

También son necesarias para la transmisión de la herencia, la defensa del organismo contra los cuerpos extraños mediante los anticuerpos y muchas reacciones químicas que se producen en el cuerpo. Es difícil precisar cuáles son las necesidades diarias de proteínas, puesto que no todas tienen el mismo valor biológico. Como cifra aproximada podemos hablar de 0’75 g./kg./día.

Las vitaminas se encuentran principalmente en la fruta y en las verduras. Son necesarias para que el cuerpo pueda realizar todas sus actividades: ver correctamente, funcionamiento adecuado del sistema nervioso, evitar los resfriados...

La dieta es la cantidad de alimentos que una persona toma durante el día. La dieta equilibrada debe contener suficiente variedad y cantidad de alimentos para el organismo en función de la edad y de la actividad de la persona. Si la dieta no es equilibrada el organismo puede enfermar. En Noruega, por ejemplo, cada vez es más fácil encontrar personas que padecen enfermedades debidas al consumo excesivo e inadecuado de alimentos. La obesidad es una enfermedad que padece la persona que tiene un peso excesivo para su estatura y edad. Se debe generalmente a que come más de lo necesario y tiene menos actividad física de lo deseable; raramente, aunque puede suceder, a un mal funcionamiento del organismo. Las personas obesas deben comer menos y más equilibradamente, hacer más ejercicio físico y acudir al médico si están interesadas en obtener ayuda. Se dan también casos de enfermedad por carencia de vitaminas debidas a dietas de adelgazamiento que prometen una rápida pérdida de peso y no están debidamente equilibradas. Por esta razón debemos ser cautos a la hora de llevar estos regímenes a cabo, sobre todo por periodos prolongados de tiempo.

Hecha esta corta introducción sobre los alimentos, nos asombramos en cuanto miramos a nuestro alrededor: el mundo en el que vivimos no es fácil de entender. Al mismo tiempo que la mala nutrición, incluso el hambre, son endémicos en muchos países,  otras regiones del mundo se ven inundadas con una sobreproducción de 400 millones de toneladas de cereales. Los gobiernos de las democracias occidentales gastan anualmente más de 120 000 millones de dólares en subvenciones para garantizar la continuidad de la producción excesiva, y de esta cantidad menos de la mitad llega a los agricultores. La mayor parte se emplea en burocracia y en premiar a los productores menos eficientes. Con sus silos llenos hasta los topes, Estados Unidos gasta  en un año 6 000 millones de dólares para exportar maíz por valor de sólo 2 000 millones. La Unión Europea vende mantequilla a Rusia a un precio que es la décima parte de su costo de producción y debe deshacerse de 20 millones de toneladas de carne, mantequilla y cereales, cuyo almacenamiento cuesta 4 000 millones de dólares al año y cuya producción sigue en aumento.

A pesar de lo mucho que se ha escrito sobre la falta de alimentos que nos deparará el futuro, un sencillo cálculo muestra que si la producción mundial de alimentos se distribuyese equitativamente, sería posible proporcionar una dieta adecuada a cada uno de los habitantes de la Tierra. El problema de la alimentación de la humanidad es fundamentalmente un problema de distribución, y no sólo de producción de alimentos.

Mientras vemos con claridad que somos responsables de qué ponemos en nuestra mesa cada día,  podemos preguntarnos qué tienen todas estas cifras macro-económicas que ver con nosotros, que no somos agricultores ni decidimos (creemos) en las políticas internacionales. Contestamos, quizá, como un niño chico que no quiere comer, a quien su madre le recuerda día tras días la cantidad de niños que mueren en el mundo porque no tienen qué llevarse a la boca. Harto ya de tanta monserga responde un día el hijo a su madre: “pues mándales mi comida por correo”. Esperemos que al menos el tener un poco más de conocimiento no sólo de nuestros platos, sino de los platos del resto de las personas del mundo, nos ayude a tener una relación más saludable con nuestros cuerpos y con la comida. ©

Esperanza Díaz, Médico de familia, Bergen, octubre del 2001